Ciento uno

Esta novela fue galardonada con la Beca de Creación en Novela, Alcaldía de Medellín, 2009.

Antonio no puede dormir. Para lograrlo cuenta ovejas que saltan, pero la 101 se rehusa a hacerlo y, como un alter ego, permanece en la vigilia depresiva de Antonio. 101 va a ser una compañera que le servirá como muleta, como una parte de su personalidad que le hace contrapeso a sus deseos de muerte pero también corrobora su bipolaridad.

Ciento uno


Insomnio


No puedo dormir; ya son las tres de la mañana y no puedo dormir. Antonio se acostó temprano, a eso de las ocho y ahora, a las cuatro de la mañana, aún no se ha podido dormir. Trata de olvidarlo pero el reloj no deja de recordárselo –minuto a minuto– sobre la consola. ¿Qué pasa? Es su fantasma otra vez. No tiene mayores preocupaciones, al menos eso cree; su trabajo va bien, su hija está bien y su mujer, bueno, su mujer duerme a su lado. ¿Entonces? ¿Por qué será que su cerebro no se apaga? Su única y gran preocupación es esa, no poder conciliar el sueño.

 Me levanto; voy al baño. Regreso a la cama y no paro de dar vueltas; me acuesto boca arriba, de lado, en posición fetal, boca abajo, en todas las posiciones imaginables, y en ninguna me siento cómodo. Cierro los ojos, los abro, busco sombras en el techo, en las paredes, me volteo otra vez –suspira– pienso en todo lo que debo hacer hoy: en las cuentas por pagar, el trabajo en la fábrica, comprar la leche para Paula, ir a visitar a mi mamá… Y trato de pensar en algo lindo, una playa quizás, un lugar lejano y tranquilo donde el sol me acaricie, haya brisa y siempre esté el mar. Pienso en esto y trato de relajar mis músculos, mis piernas cansadas, lo intento pero no es posible. Antonio está tenso, preocupado, se siente extraño, tiene taquicardia, se siente ajeno al cuerpo que le pertenece. Está cansado y no llega el sueño y su espera lo hace sentir aún más intranquilo.

Transcurren los minutos en una sucesión de segundos interminables que le recuerdan lo mismo: no puede dormir. Mira el reloj y son las 4:04 a.m. Cierra los ojos y siente que pasa mucho, mucho tiempo... cuando los abre son las 4:06 a.m. No puede ser. Se levanta y va a la cocina por un poco de leche caliente, su tía dice que ayuda. Se la toma, se quema. Ay, quema. Regresa al cuarto. Su mujer duerme profundamente. ¿Ovejas? Sí, ovejas… se le ocurre que puede comenzar a contar una, dos, tres, cuatro, saltando la cerca. Alto, una se detiene: no puede saltar. Mira la cerca, su rebaño al frente y la fila de hermanas detrás. Beee... Beee... la cerca se pierde más allá de lo que su vista le permite alcanzar. La oveja lo piensa, medita, es un cuello de botella. Debe hacer algo; se decide, se agacha y pasa por debajo. 102, 103, 104… Antonio bosteza; por fin volvió el sueño. No, qué va, es puro cuento. Fue un instante, sus párpados han olvidado cómo se induce el sueño. Decide entonces seguir a la oveja rara –no es negra–, es una oveja común en un prado cualquiera sin pastor. Un momento: el pastor es él, y el lobo, bueno, el lobo es su mujer.


 

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