Alguien le dijo que dejara el trabajo, que cambiara de ciudad, que migrara, que olvidara sus raíces. ¿Cuáles? Si se iba, tampoco es que tuviera mucho a dónde regresar. Un par de amigas y nada más.
Los fines de semana cada vez eran más grises, pero nadie notaba su tristeza. El lunes era una fiesta porque trabajar la mantenía lejos de sí misma.
Ni una lágrima derramó jamás aunque todos los abandonos se sumaran. Estuvo en pleitos, era mediadora allí donde lo irreconcilibiable también podía darle paso a una tregua.
En los juzgados a sus espaldas le decían "La vieja" y eso que era la más joven y también la más bella. Quizás ese era su problema.

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