Consolarte no sería suficiente. Decirte que dejaras dormir los problemas sobre la almohada tampoco.
Nadie sabía tu situación. No la habías compartido ni con tu esposa. Quizás ahí estaba el error.
Ella sospechaba que tus noches en vela querían decir que algo no andaba bien en la fábrica; cada vez llegabas más tarde y apesumbrado. Tal vez en otro momento no se habría atrevido a preguntarte, pero esta vez se armó de valor y te dijo:
—¿Qué está pasando Fausto? Sea lo que sea puedes contarme.
—Estamos quebrados. Le he dado vueltas de cabeza a la situación y no sé que hacer.
Angélica se quedó callada un momento y seriamente le preguntó: ¿no habrá un comprador interesado en la fábrica?
Era una salida que no habia contemplado.

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