Pasa por mí con ese traje negro que tanto te queda. No uses corbata, llevo un corbatín de emergencia por si los de seguridad nos hacen a un lado –cosa que deberían– y así nos ahorraríamos el tiempo de sentadillas y señales que el padre hará antes de casarlos. También te evitarías toser cada vez que la amiga de la amiga mira en dirección nuestra o alguien más crítica nuestra osadía de llegar juntos después de un convencional: estamos separados. “Volvieron, volvieron”, parecerán palomas picoteando los restos del parque y entonces mi mano fría se deslizará por dentro de tus dedos con la complicidad de quienes no tienen que volver porque nunca se sintieron objeto de terminaciones.
Placeres. Nos place estar juntos o no nos place. “Prometes amarla…” dice el coro al que los demás prestan atención y nosotros nos miramos porque lo nuestro tampoco es susceptible de promesas. ¿Entonces ustedes qué es lo que tienen? Si les dijéramos no sería tan atractivo. Ah, el semi-internado, es cierto, cada uno en su casa y de a raticos… ¿quién dijo? El espacio es lo de menos. Ya, ya, la novia va de salida. De llegada querrás decir. Creerá haber dicho sí cuando la condicionaron desde la pregunta. ¿Podría decir no?
¿Con qué frecuencia una mujer dice no? No me lo recuerdes quieres… tú dijiste no. Mejor vamos por un poco de champaña. Luces hermosa.
--¿Cómo me dijiste que quitaba ese accesorio de tu cuello?
--No te dije.


















