Al mediodía se quita el vestido de lino, se pone una bata para no arrugarlo y se hace un moño alto. De niña la vi repetir ese ritual todos los diciembres en Cartagena, cuando yo escapaba de las lluvias y del asma. Mucho antes de saber que había construido una inmobiliaria respetada o que viajaría por medio mundo, ya sabía que en esa casa había un modo particular de habitar el tiempo.
Ella era mi refugio.
Durante mucho tiempo pude visitarla hasta tres temporadas por año. Mientras crecía ella me recomendaba lecturas tanto de su biblioteca como de las revistas de moda que no podían pasar desapercibidas en su estar. Mientras mi padre era más conservador ella me lanzaba a Desayuno en Tiffany´s.
Siempre ha sentido fascinación por otras culturas y por el rol de la mujer en cada una de ellas, no ha dudado en ponerse un niyab cuando ha sido el caso y viaja tanto que nunca sé desde dónde recibe mi llamada.
Ahora la vida le ha regalado nietos, cuatro para ser exactos. Le dicen Chechi y de veras el apodo le queda lo más bonito. Es la prolongación de su existencia como diría mi padre.

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