Antes solía creer que mi alma era tan joven que no había manera de sumarle años. Estaba convencida de que ninguna herida, por grande que fuera su cicatriz, lograría minar mis ganas de seguir viviendo.
Antes miraba el mundo no con ojos de niña, pero sí con una inmensa ingenuidad frente a los demás, a sus intenciones y a lo que esperaban de mí.
Solía tener las manos llenas para regalar sonrisas y escondía mis lágrimas con destreza en una almohada que, sin ser de plumas, siempre me prometía que volvería a volar.
Vivía tan cargada de emociones que ni con pinzas podían sostenerme. Pocas veces he llorado al final de una película y no son muchos los libros que han conseguido hacerlo. No sé si es una forma de protegerme del drama que ya habito, como si no quisiera sumar el peso de personajes que, en ocasiones, han resistido incluso más que yo.
Tengo, eso sí, un alma inquieta. Reflexiva. Llena de preguntas, acertijos y paradojas. Me descubro buscando el origen de todas las cosas y, como sueño a color, también creo en las realidades paralelas.
Mi alma insiste en que existen más vidas. Que esta apenas es un abrebocas de todo lo que continúa. Que, aunque el karma no exista como solemos imaginarlo, siempre hay una posibilidad de volver a empezar.
Quizá ya no crea que el alma permanece intacta con el paso del tiempo. Ahora pienso que también envejece, se desgasta, aprende y se transforma. Pero hay algo que los años, las pérdidas y las cicatrices no han conseguido arrebatarle: la obstinada esperanza de que siempre existe otra manera de renacer.

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