Don Juan Manuel había crecido con el mismo burro toda su vida. Lo heredó de su padre y recorrieron los mismos caminos con cargas de cestas de mimbre una y otra vez. Por fortuna las cestas no eran tan pesadas y su lomo rara vez se resentía.
El sol no era su verdugo siempre y cuando lo dejaran pastar de tanto en tanto y su dueño le daba zanahorias bien lavadas como premio, no en exceso porque el azúcar podía caerle mal. Él conocía bien a Gaspar. Su padre lo había bautizado así en honor a los reyes magos que siempre llegaban en enero también a la aldea.
Era tan buena la relación entre su burro y su amo que cuando las distancias eran largas, Don Juan Manuel le cantaba una canción de cuna así el burro durmiera parado. El que se quedada dormido era el amo hasta el día siguiente que Gaspar lamía su rostro para continuar la jornada.

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