lunes, 26 de octubre de 2026

El traje con bufanda

 

El traje

 

 

 

Es de invierno. Los tacones deberían ser botas pero las que tiene no la hacen sentir cómoda. Negro es el sastre que moldea su cuerpo. Azul la bufanda al cuello. Rojo el labial, rosado el rubor, azul la línea que demarca su ojo. Perdida está su mirada. Llueve.


Escribe a la velocidad de sus diez dedos arreglados con pulcritud la carta de presentación para un cliente nuevo. "Nuevo", se detiene unos segundos a pensar en el significado de lo neo y si existe tal cosa o si todo es una modificación de lo previo. Salta entonces al primer beso y se pregunta si los besos subsiguientes son nuevos. Después piensa en la primera vez y si las otras veces no son también primeras. Se dice que son bobadas lo que piensa y se pregunta si alguien más se hará planteamientos tan estúpidos en tiempo de trabajo. Quiere pensar, porque sentir duele y ha visto que las personas racionales parecen más exitosas que las emocionales. ¿Será cierto?


El día transcurre sin lágrimas. Para eso usa delineador. Para forzarse a no llorar. Para que el azul haga las veces de vidrio de pecera. Para que todo esté en su lugar y su mente dé la apariencia de racional. Fue su propósito inicial pero es imposible lograrlo. Todo en ella es emoción. Como el agua de su ascendente Escorpión.


El semáforo cambia. Camina con cuidado un  Centro que sólo ve de día. Cree escuchar el celular pero es el de otra persona. Sólo la ciudad le habla y sus sonidos la hacen sentir sorda y analfabeta. Ve a un hombre de sombrero doblar en la esquina. Aún tiene tiempo antes de la cita. Lo sigue por reflejo. Hace poco perdió a un amigo y ese amigo usaba sombrero. Un amigo que hablaba el mismo lenguaje de la ciudad: en pocos días se la devoró entera; la quiso sin palabras, la odió con ellas. El amigo...


Fue acertado usar delineador de pecera. El otro hombre aceleró el paso y lo perdió cerca del Pablo Tobón. Se preguntó si sería actor. ¿Por qué no? Quiso saber si ella podría aprender eso de la actuación. Le vendrían bien unas clases ahora que no tenía un nuevo amigo. El traje la hace lucir exitosa. Va a la cita y tiene un "nuevo cliente asegurado", llena la planilla y regresa triste a su oficina. En el trayecto, la ciudad le araña las mangas, le muerde las piernas y le azota la espalda. Llega a su apartamento y se acuesta vestida y sin comer. Al día siguiente, se cambia la camisa y lo nuevo... comienza otra vez.


viernes, 23 de octubre de 2026

Gaspar

Rebuznó, quizás por cansancio y su dueño comprendió que era momento de parar. Dejaría el bosal para otro momento y le daría agua para tomar. Habían recorrido una larga distancia y era más que justo descansar.

Don Juan Manuel había crecido con el mismo burro toda su vida. Lo heredó de su padre y recorrieron los mismos caminos con cargas de cestas de mimbre una y otra vez. Por fortuna las cestas no eran tan pesadas y su lomo rara vez se resentía.

El sol no era su verdugo siempre y cuando lo dejaran pastar de tanto en tanto y su dueño le daba zanahorias bien lavadas como premio, no en exceso porque el azúcar podía caerle mal. Él conocía bien a Gaspar. Su padre lo había bautizado así en honor a los reyes magos que siempre llegaban en enero también a la aldea.

Era tan buena la relación entre su burro y su amo que cuando las distancias eran largas, Don Juan Manuel le cantaba una canción de cuna así el burro durmiera parado. El que se quedada dormido era el amo hasta el día siguiente que Gaspar lamía su rostro para continuar la jornada. 

 

jueves, 22 de octubre de 2026

La inclumplida

Qué manía la tuya dejarme esperando. Estoy lista diez minutos antes de que me recojas y apareces media hora después. La oficina duerme y solo mi cubículo conserva la luz encendida. 

Esta vez sí me vas a oír. No quiero salir a cenar ni ir a cine, solo me place llegar a casa y entrar en la piyama, no importa que esté arreglada y "emperifollada".

Se descargó mi celular, qué vaina, ¿será que llamaste y me perdí tu llamada? Ups, quizás estés abajo esperándome y la inclumplida sería yo con la excusa de tener más trabajo del habitual.
 

Llanto de zapatos


 No son para la primera comunión, tampoco para la entrada al colegio ni para visitar el domingo a la abuela. 

Están desanudados, unos pies pequeñitos deben estar jugando en la sala, sin medias preferiblemente, acosados por el calor sin duda.

¿Cuántos años puede tener el niño? Es difícil calcular, quizás acaba de cumplir su primer año, ¿cómo fui tan torpe, pensando en la primera comunión o el primer día de colegio? No me percaté de su gracioso tamaño.

Debe estar aprendiendo a caminar. Necesita un sostén para hacerlo. Fueron un regalo del abuelo tal vez y como fue el primer nieto, está loco de contento. 

El niño cae, se da en la cabeza y muere. Su cuerpecito apenas si se sostiene en los brazos de su madre. El llanto se escucha cuadras a la redonda. El abuelo también llora, se siente culpable porque nunca debió habérselos regalado.

miércoles, 21 de octubre de 2026

El jugador


Quizás fue mirando el río Neva u observando el Rhin. Años diferentes la misma mujer, qué digo, mujeres distintas. 
Contemplar el agua, las nubes, sentir el viento, seria frente al paisaje aunque bien pudo divertirse con él. 

Lentes que en realidad no eran para el sol sino para su mirada. No quería que nadie fuera testigo de su asombro, de su manera de calcular las distancias, de sus comparaciones con el río de su  ciudad; del raudal, de la fuerza o es sosiego, de lo acho y el simpre largo. ¿Cuál sería cada mar destino? 

Pensaba cómo habría sido viajar con él. Papá la acompañó en otros viajes; solía relatar sus experiencias cada vez que conocía un país nuevo, costumbres diferentes, dialectos para aprender, siempre le regalaba un libro del país que visitaba, que si era Argentina, se traía la poesía completa de Borges, que si era Estados Unidos, la sorprendía con Capote o Hemingway o si se trataba de Uruguay no podía dejar escapar uno de Galeano.

Nunca fueron juntos a Europa. Ahora lo añora y se pregunta si ese río le está hablando de él. Sus ojos, que nunca fueron mansos parecen estar allí. ¿Qué le diría? Cómprate El jugador de Dostoviesky.


martes, 20 de octubre de 2026

Entre tacones y alfileres


 La moda con las mujeres es injusta. Después de acostumbrar los pies durante la infancia a los tenis, llegar a los tacones es casi una infamia, un capricho de la moda que realmente comenzó hace siglos y para los hombres de la realeza. No sé en qué momento decidimos emularlos y las consecuencias son estas: caminar sobre alfijeres.

Desde dos, tres o cinco centímetros hasta quince, nos elevamos sobre un suelo muchas veces de superficies complejas y nos vemos obligadas a conservar el equilibrio. ¡Qué maneras son esas!
Intenté aprender, en especial para las fiestas, pero siempre me dolían los pies. 

Es imposible aplastar una cucaracha con ellos y los dedos están tan comprimidos que no hay crema para aplicar que luego refresque su malestar. 

Sin embargo, mi abuela, como era bajita, nunca dejó de usarlos. A sus ochenta años todavía los tenía bien puestos porque de lo contrario se sentía descalza. Usaba sandalias con el tacón pequeño y sus pasos se sentían en la estancia antes de entrar. Sabía que era ella por el sonido agudo de su caminar. 

Entre gustos aunque digan que no hay disgustos, en mis pies, los hay.

lunes, 19 de octubre de 2026

Niño en la ventana

El museo no le resultaba tan atractivo como mirar por la ventana. Los jardínes es su simetría lo deslumbraron. Aquellas fuentes sin pájaros lo hacían preguntarse por qué allí no había María Mulatas y si las aves de invierno o de primavera tendrían otros abrevaderos o si a estos les estaba prohibida la entrada.

Sin darse cuenta, él parecía una pieza más del museo. Un niño tallado en marmol o un Suspiro de sal en blanco y negro en la estancia.

Su madre lo miraba de cerca, pero sin interrumpir su contemplación callada. Se preguntaba qué pensamientos podía sucitarle transitar Versalles y observar los frescos e imaginar que de veras estaba recorriendo un castillo.

No pensaba en el pasado ni en las cortes ni en los bailes ni en los tratados que allí tuvieron lugar, tampoco en los reyes y sus súbitos y el despertar como ritual que los monarcas debían realizar para satisfacer las exigencias de sus cortes. 

Tan solo observaba por la ventana y era tan sagrado que no su madre no se atrevió a interrumpirlo hasta que él se volteó y le preguntó: ¿Cuánto tiempo llevas ahí mamá?


 

sábado, 17 de octubre de 2026

El día a día

Pescados frescos. ¿Cuántos lleva? ¿A cómo son? A veinte la docena. Una pues. ¿Cuántos hijos? Diez. La docena da para un almuerzo. 

¿Cómo te fue en el río? Por la cara que traes veo que mal. Se dañó la red justo ahora que estamos en temporada. ¿Comiste? Lo que me empacaste. Te sirvo el pescado que guardé del almuerzo. ¿Y los niños? Todos dormidos. Ya sabes cómo son, salen a jugar fútbol descalzos y no hay quién los detenga. Llegan sudados se toman la agua de panela y caen fundidos.

No hay más veinte para el almuerzo de mañana, pero no te preocupes que ya me las ingeniaré. Tú preocúpate por arreglar esa red antes de que la temporada termine.


 

viernes, 16 de octubre de 2026

Crispetas


 Me quedé esperando la cita de las cuatro. Tenía el portafolio listo para compartir, los lotes, los planos, las casas, sus ventajas, la fecha de inicio y terminación del proyecto y todos los detalles de la parcelación.

Hoy tengo pico y placa y por ser viernes y a esta hora --la pico-- lo difícil va a ser conseguir un transporte. Lo cierto es que no quiero llegar a mi casa. Me gustaría tener planes, alguien con quién salir que no sea un ex ni un compañero de trabajo.

El cine... quizás, pero ya he visto tantas películas sola que hoy me provoca compartir mis crispetas con alguien. Quizás no sea mala idea ir a la cartelera y mirar si hay otro despistado solitario con quién compartir la película. 

Eso sí, fijarse primero si tenemos el mismo gusto, no vaya a ser que le gusten las de terror o las alienígenas.
Tendré que esperar a la taquilla a ver si alguien se asoma.
—Disculpe, ¿viene solo?
—¿Qué película quiere ver, sino es indiscresión mía?
—La misma que yo, ¿Le molestaría que la viéramos juntos? Lo invito a crispetas.



miércoles, 14 de octubre de 2026

Notas

Grafía generosa o diario por la mitad, no podemos decir que lo mismo da. Ella toma nota de la clase a la que asiste. De las clases, corrijo. Tiene un plumón diferente para los títulos y uno azul o uno negro para el contenido. 

Nadie sabe las notas que toma y si en realidad corresponden a lo que el maestro enseña. Ella simplemente escribe. A veces se detiene y mira por la ventana. Un pájaro sobre el cable de luz llama su atención. Regresa al libro, busca la página donde iba, lee lo último que escribió.

Va al baño, deja el cuaderno abierto. Voy hasta su pupitre y esculco sus letras y me digo "Lo sabía, no eran notas de clase, ahora me pregunto es qué la inspira".


 

Voraz bancarrota

Las deudas la tienen hasta el cuello. Las compras compulsivas se suman en su tarjeta de crédito. No tiene marido a quién acudir y ya sus amigas le han dado la mano tantas veces que al ver que no tenía remedio la dejaron a la deriva en sus visitas a los centros comerciales.

Compra joyas, vestidos que se cuelgan en el clóset mientras otros no han sido estrenados, perfumes porque no le gusta tener solo una fragancia. Zapatos, por Dios, ¡Zapatos! Y no cualquiera, tienen que ser de marca. 

Su salario es el mínimo y es obvio que la nevera ya está vacía. Come huevo con arroz todos los días y parece no importarle. Toma limonadas y no le puede faltar eso sí, la leche y el café. En la oficina presume de todos sus atuendos y los compañeros dejaron de impresionarse porque ya se hace vieja y su cintura no es la de antes. 

Hace poco le embargaron el salario antes de que pudiera solicitar un préstamo. La casa es propia, pero no quiere venderla aunque le va a tocar, sí, le va a tocar. Quizás podría arrendar una pieza e irse bandeando poco a poco, un universitario podría ser, así no coincidirían mucho aunque se avergonzaría cada vez que él abriera la nevera.

Está en bancarrota. Comienza a vender uno a uno sus vestidos en línea por un precio mucho menor de lo que le costó adquirirlos. Se deprime. Nada que hacer, ya está. Necesita un flotador y a difícil que va a ser encontrarlo. 

 

martes, 13 de octubre de 2026

El aplauso

Estoy celebrándome. Bien por mí. Bien sin ambos. 

Desperté sin tú arrume de huesos a mi lado y sentí que no me faltaba nada, el espacio no era tan grande como yo creía que iba a sentirse. Eso sí, no quise apagar la luz de tu mesita de noche para recordar que no llegarías a apagarla. 

Vi la hora y eran las diez, dos horas después a las que me tenías acostumbrada a levantarme. Descalza fui hasta la cocina y me preparé un café --uno solo--, y me senté en el balcón a observar la mañana brumosa.

No había llamadas perdidas en mi celular porque todas habían sido atrapadas entre mis manos en eso sonido de un aplauso mudo, un nudo de manos confiadas en que no necesitaría las tuyas para ir caminando por la calle. Me bastaría balancearlas con alegría por mi soledad serena.

El aplauso es por haber podido decir "Se acabó" sin miedos ni culpas. Quizás mañana cuando prepare el café otro será el cuento, pero por hoy, me permito celebrarme.

sábado, 10 de octubre de 2026

Día mundial de la Salud Mental

Regresemos a Antonio, al 2009, a aquel seudónimo de Atrapasueños con el titulo Ciento Uno y  mi oveja detrás. Regresemos a esa disputa entre mi padre y yo, entre mi editor y yo, sobre que no podía decir que la bipolar también era yo.

No necesité coraje para decirlo. Me pareció natural. Era justo lo que le daba veracidad a mi obra. 

Sin imposturas. Sin máscaras, sin artificios diferentes al de un ser humano que como yo, no podía dormir.

Ciento uno, el bróder, ambos monólogos de Antonio... para nombrar aquello que toda sociedad se esmeraba en ocultar. Imaginación y realidad, con litio o sin él. Salud o enfermedad. Vida, amor, pérdida, fracaso y amistad.

La pandemia hizo virales las enfermedades mentales. Salieron a la luz. Y era una luz bien merecida, no más flagelaciones, no más culpas, no más cuartos oscuros ni negaciones de las familias.

Apoyo, por fin. 




 

jueves, 8 de octubre de 2026

Arrepentimiento

A ratos pienso que lo mejor sería cantarle al mundo mis silencios. Gritar por ejemplo que hace rato no sé lo que es la palabra arrepentimiento. Que mi osadía ha sido cuestión de siempre y no tengo reparos en reconocerlo.

  Quizás lo mejor del tiempo no sea que cura ni que hace olvidar, es que pone distancia entre los cuerpos. 

El olvido es cuestión de tiempo, yo afirmo que es cuestión de distancia. El no tenerte cerca, no te hace ni más lejano ni más cercano. 

Sería una falacia decir que depende de mi corazón cuando es mi mente la que vuelve a ti cada que decido nombrarte en mi pensamiento. El poder de un nombre ¡Por Dios! Basta con que me tope con alguien con el tuyo para ver como se hace trizas mi intención de olvido.

Hace meses que no te veo, nuestros lugares comunes están repletos de extraños, la cerveza roja no sabe igualy las pulseras en mis muñecas no sirven para contar ausencias. Este espacio injusto, malhabido tiene la costumbre de hacerme arrepentir de solo un cosa: no haberte dicho que te quedaras.



 

miércoles, 7 de octubre de 2026

La parroquia

Camina hacia la parroquia, su puerta está cerrada. Es raro. Está abierta todos los días y hasta tarde. Quizás se dañaron las campañas o el atrio está en remodelación considerando que ahora todo se remodela.

No sé es que haces tú ahí. ¿Tienes algún pecadillo por compartir? Si es así yo puedo escucharte. No te caería nada mal desahogarte con una mujer que apenas si conoces. Pero si el pecado es malo no sabría cómo amonestarte.

Sí, quizás es grave. No tienes cara de asesino, pero pudiste agredir a tu esposa o hasta incluso, envenenarla. 

¿Seguimos? 

Ah, la excursión, se me había olvidado que estábamos en una. 

 

Pirata

Con un solo ojo me propongo saquear sonrisas, buscar tesoros en otros ojos, navegar por otros labios. 

No dejaré coordenadas por rastrear ni tendrá bandera mi embarcación. Las olas no serán un pastel para descubrirme, me habrán visto pasar como otros tantos que surcan los mares sin dejar cicatriz alguna.

Tal vez me detenga en una isla no nombrada para bautizarla con tu nombre aunque nunca pueda regresar a ella y nadie sepa que se llama así. 

Las palmeras me regalaran cocos para abastecer mi tripulación solitaria y en la orilla recogeré conchitas de ostras para llevarlas hacia mi próximo destino. 

Estaré cubierto de sal y arena y necesitaré un manantial en ti donde lavar mis silencios. De repente aves sedientas también aparezcan y me acompañen por un momento.

Serán entonces otros ojos, otra voz, otros labios los que me inviten a comenzar de  nuevo mi cruzada, eso sí, sin nombrar ninguna isla porque la única, tiene tu nombre.

lunes, 5 de octubre de 2026

El polvo en el sofá

¿Cuántas veces te he dicho que bajes los pies del sofá? No importa que estés descalza. Pareces una gata más en esta casa. Lo único que me falta es que comiencess a maullar.

Bien sé que no tienes pecueca y por eso no puedo quejarme, pero recoges todo el polvo de la casa y eso sí mancha aunque sea poco, cuando no, deja impresas tus huellas, y mira que no son huellas para seguir, casi que me toca limpiar.

Sé que prefieres la salita de estar porque ahí puedes ver las noticias, pero eso no es excusa. A esta hora ya deberías estar en piyama y bajo las sábanas. ¿Por qué tienes que ser tú la última que apaga la luz? 

Mejor dame esos pies, creo que les convendría un poco de cosquillas, así no tendrías más remedio que levantarte y yo dejaría de preocuparme por el polvo y el sofá. 

La plañidera


 Buenas tardes. El gusto es mío. Permítame presentarme. ¿Ya me conocía? No recuerdo de dónde. Creí que el sombrero era para ocultar mi identidad no para evidenciarme. 

Podemos hablar un momento por favor. Tengo una confesión que hacerle. No me gustan los entierros. Por eso no vengo discreta, prefiero ser la comidilla que de de qué hablar. ¨Viste a fulana cómo se presentó en las exequias" "No debió ir vestida así" "Es un descaro". 

Y es que me gusta respetar a los muertos, que en realidad nadie los llore ni se preocupen por ellos, están en una mejor vida. Al menos mejor que en la mía.

Presento mis disculpas con mi escote abierto y el collar de perlas dispuesto para la ocasión. La viuda se escandaliza y se pregunta a está quién la invitó.

Señora, soy una de las plañineras pero no vengo a llorar, vengo a hacer de su entierro un poquito más ameno. 

El policia de tránsito


 Se trata de un cuello de botella. Es la hora. Siempre hay tráfico. No hay ningún accidente. Todos los autos tocan sus claxones. Los postes de luz son testigos y se ríen porque sus cables se mueven más que ellos. 

Una motocicleta parece que sí va a lograr abrirse paso. El hombre no lleva casco. ¡Qué irresponsable es! Por fortuna  no lleva parrillero. Hay el accidente sería aún más fatal y no queremos sumarle drama a la escena.

Las emisoras de repente cayan. Los conductores quedan a merced de sus pensamientos. En ninguna hay sintonía. Las memorias USB también pierden el sentido. 

Los autos con más de dos integrantes de repente enmudecen. Nadie puede hablar. 

Un policía de tránsito llega a la zona. Dice: ¿Esto qué es? Intenta agitar su aviso de siga y pare, pero ningún auto puede obedecer. 

Él es el único que puede moverse con libertad. Quizás sea porque se trata de una autoridad. 

Despierta y son las seis. Dos horas antes del trabajo. Llega temprano y piensa ojalá los autos de veras se hubieran detenido.  

sábado, 3 de octubre de 2026

Recordando a Sarah


 2018. Turquía. 

Después de hacer un recorrido por las mezquitas, justo antes de tomar el ferry para navegar por el bósforo, conocí a una mujer con burka llamada Sarah. No pude evitar preguntarle si era feliz, porque me daba curiosidad poder vivir así. Sí, fue su respuesta.

Detrás del negro que cubría su cuerpo y que sin duda le daba mucho calor tenía consigo una cultura que le había enseñado a lucir la burka con orgullo no como prisión.

Sus ojos hablaban por ella. No hacía falta ver su sonrisa porque a leguas se notaba que sonreía. 

Me sentí desnuda, yo llevaba un vestido corto y fui yo quien se sintió avergonzada. En mis ojos no estaba marcada esa alegría. Quizás nuestra cultura no ha enseñado a disimular la tristeza.

Intercambiamos contactos y me sorprendí al encontrar que todas sus fotografías hacian referencia a los tejidos hechos por sus manos. A platos preparados por ella y a su manera particular de observar el mundo. No había ni un solo un selfie y no hacia falta.

En ese mismo lugar el dueño de un museo me preguntó de qué hablabamos. De culturas --le respondí- Entonces me llevó a su estudio donde conservaba dos reliquias en imágenes sobre el Bósforo y el Imperio Otomano. 

Un pedacito de Oriente se abrió para mí y cambió mi percepción en cuestión de una tarde. 


Mi jardín


 Los sábados siempre traigo ganas, despierto tarde, mi almuerzo también es desayuno, tomo mis pastillas de la mañana y reviso el celular que durante la noche no estuvo en modo avión pero si me llevo a hacer un peaje por las nubes.

El silencio de mi habitación solo se interrumpe con los ronquidos de mi perro. Está viejo y me niego a reconocerlo. Ayer era un cachorro. Me vio madurar y también sufrir. 

Pero basta ya de sufrimientos, aquí no hay lágrimas, no sé toleran las amarguras, para eso ya hubo tiempo y es pretérito. 

Te regalo mis flores y mi mirada atenta. No sabemos si el destino nos tenga programada una cita, y si para aquel encuentro estemos preparados. 

Yo diré que llevaré puesto mi jardín y tú lo notarás de inmediato. 



Reciclando cuentos


Tengo ganas de contarles de dónde vengo. Volver a mis raíces. A lo que escribí luego de Ciento Uno, a Bitácora del cuerpo, aquel libro de relatos cortos y juguetones que  desde hace tres entradas se han visto en esta página. 

Quiero que sepan que no me olvido de mí misma aunque a veces me sorprenda con los años que han pasado y mis textos no parezcan haber sido escritos por mí.

Reciclando cuentos es un ejercicio que encontrarán, para que conozcan lo que también he sido, mis obsesiones, mis búsquedas, mis  más desefrenados deseos. 

Estoy aquí, la misma mujer que hace más de diez años sigue soñando. 

Traigo ganas, quiero encontrarme con los lectores de entonces que por supuesto, deben haber olvidado ya mis primeros pinitos en los relatos. La picardía y la osadía de entonces, que por supuesto, también nacieron de mi anterior blog: poesia culinaria. 

Los invito pues a viajar en el tiempo conmigo.

Recordando a Venus


 

 

Su nombre es Venus. La conocí en una clase de diseño. Se hacía al frente, a la derecha, casi en la puerta; como para salir rápido, pero nunca se fue antes de terminar la clase. Tampoco interrumpía para ir y volver por un tente en pie, tan necesario en ese bloque de las tres. Rara vez miraba hacia atrás. Ponía atención de una manera adorable. No alzaba la mano ni hacía preguntas. Rayaba en su cuaderno notas que, desde mi puesto, era imposible acceder. Más de una vez tuve la intención de mirar qué hacía, pero cuando me aproximaba cerraba el cuaderno y miraba hacia otro lado. Llegué a pensar que le caía mal; que me veía como uno de esos fracasados de segundo año y que su objetivo eran los de cuarto o quinto. Los viernes la veía llegar y tomar el mismo asiento. Sus notas no eran malas porque el profesor acostumbraba a entregar los exámenes de mejor a peor y su nombre siempre estaba en los primeros. Me intrigaba esta mujer. Su nombre Venus le quedaba y me moría por hacerle un retrato. El problema es que ella no sabía de mí, no sabía siquiera que estudiaba también fotografía y demás que ni sabía mi nombre. Un viernes, sin embargo, madrugué a hacer algunas imágenes en un cementerio y salí derecho con unos compañeros para un billar. Nos bebimos lo que tenían en cerveza; roja, dorada y negra, las Club Colombia me dieron el valor que hacía falta para llegar prendido a clase y sentarme... en su puesto. Ese día llevé la cámara a clase. Esperé hasta que comenzaron a ocupar los demás asientos. El profesor traía los parciales. Ella, llegó tarde...

Cuando me vio en su puesto se asustó. Ya el salón estaba lleno y algunos eran más o menos conscientes de lo que estaba pasando. Entonces el profe comenzó a entregar los exámenes. Dijo dos nombres mientras ella seguía en la puerta. Dijo el suyo, ella se apuró, recogió la nota, se volteó a mirarme… me levantó el hombro que llevaba desnudo, le tomé la foto y se marchó.

No volvió a clase. Me volví a sentar en el que era su puesto y me sorprendí al ver mi nombre, tallado en uno de los bordes.

El traje con bufanda

  El traje       Es de invierno. Los tacones deberían ser botas pero las que tiene no la hacen sentir cómoda. Negr...