Sin darse cuenta, él parecía una pieza más del museo. Un niño tallado en marmol o un Suspiro de sal en blanco y negro en la estancia.
Su madre lo miraba de cerca, pero sin interrumpir su contemplación callada. Se preguntaba qué pensamientos podía sucitarle transitar Versalles y observar los frescos e imaginar que de veras estaba recorriendo un castillo.
No pensaba en el pasado ni en las cortes ni en los bailes ni en los tratados que allí tuvieron lugar, tampoco en los reyes y sus súbitos y el despertar como ritual que los monarcas debían realizar para satisfacer las exigencias de sus cortes.
Tan solo observaba por la ventana y era tan sagrado que no su madre no se atrevió a interrumpirlo hasta que él se volteó y le preguntó: ¿Cuánto tiempo llevas ahí mamá?

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