sábado, 3 de octubre de 2026

Recordando a Sarah


 2018. Turquía. 

Después de hacer un recorrido por las mezquitas, justo antes de tomar el ferry para navegar por el bósforo, conocí a una mujer con burka llamada Sarah. No pude evitar preguntarle si era feliz, porque me daba curiosidad poder vivir así. Sí, fue su respuesta.

Detrás del negro que cubría su cuerpo y que sin duda le daba mucho calor tenía consigo una cultura que le había enseñado a lucir la burka con orgullo no como prisión.

Sus ojos hablaban por ella. No hacía falta ver su sonrisa porque a leguas se notaba que sonreía. 

Me sentí desnuda, yo llevaba un vestido corto y fui yo quien se sintió avergonzada. En mis ojos no estaba marcada esa alegría. Quizás nuestra cultura no ha enseñado a disimular la tristeza.

Intercambiamos contactos y me sorprendí al encontrar que todas sus fotografías hacian referencia a los tejidos hechos por sus manos. A platos preparados por ella y a su manera particular de observar el mundo. No había ni un solo un selfie y no hacia falta.

En ese mismo lugar el dueño de un museo me preguntó de qué hablabamos. De culturas --le respondí- Entonces me llevó a su estudio donde conservaba dos reliquias en imágenes sobre el Bósforo y el Imperio Otomano. 

Un pedacito de Oriente se abrió para mí y cambió mi percepción en cuestión de una tarde. 


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