Desperté sin tú arrume de huesos a mi lado y sentí que no me faltaba nada, el espacio no era tan grande como yo creía que iba a sentirse. Eso sí, no quise apagar la luz de tu mesita de noche para recordar que no llegarías a apagarla.
Vi la hora y eran las diez, dos horas después a las que me tenías acostumbrada a levantarme. Descalza fui hasta la cocina y me preparé un café --uno solo--, y me senté en el balcón a observar la mañana brumosa.
No había llamadas perdidas en mi celular porque todas habían sido atrapadas entre mis manos en eso sonido de un aplauso mudo, un nudo de manos confiadas en que no necesitaría las tuyas para ir caminando por la calle. Me bastaría balancearlas con alegría por mi soledad serena.
El aplauso es por haber podido decir "Se acabó" sin miedos ni culpas. Quizás mañana cuando prepare el café otro será el cuento, pero por hoy, me permito celebrarme.

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