viernes, 6 de febrero de 2026

Sin visitas

El bosque parece querer devorarme mientras cruzo las manos. A mi derecha, piedras que no deberían sostenerse lo hacen, igual que los árboles que nunca alcanzaron el cielo. A mi izquierda, los arbustos se inclinan, preguntando por mi atuendo descomplicado y sereno.
Rasco mi barbilla; saco la lengua un instante, gracioso y tranquilo, como si el mundo pudiera entender ese gesto.
El gorro sobre mi cabeza dice que monto a caballo, aunque ni el caballo ni la fotografía estén aquí.
Y aún así, todo se sostiene alrededor mío, un instante que existe por mí y para mí, entre lo real y lo que imagino.
Mientras tanto pienso en el pueblo y en las viandas que debo adquirir para pasar el fin de semana sin tener que volver a salir porque el clima anuncia lluvias y con ella el pantano me impedirá montar a Dulzura en busca de algo más. No necesito mucho porque estoy solo y no espero visitas, tampoco tengo perros ni gatos que cuidar. Solo Dulzura en el establo debe contar con suficientes zanahorias para atemperar conmigo mientras enciendo la chimenea y preparo un caldo de gallina de otra finca. 



 

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