sábado, 16 de mayo de 2026

De libros y huellas


 Tenía el cabello largo. Presentaba El bróder en la librería Grámmata gracias a Planetalector. Era la secuela de Ciento uno. Antonio Jiménez continuaba devorando páginas. Ya no era una oveja inocente quien lo acompañaba, sino un lobo inquietante que lo conduciría a su final.

Después llegó la pandemia y mis títulos fueron objetados en algunos colegios por el tema, por hablar abiertamente del suicidio.

Compré ambos inventarios ingenuamente porque no podría venderlos mientras estuvieran bajo el sello de Planeta. No conservo ningún ejemplar de Ciento uno y sí muchos de El bróder, porque me resistí a que fueran vendidos en saldos o enviados a la guillotina.

La mayoría de los autores, por no decir todos, nos enfrentamos al olvido. Ese es nuestro destino. No importa qué tan importante pueda parecer una obra en el presente; trascender implica contar con la fortuna y la gracia de permear varias generaciones a través del arte. Y no se trata de haber sido el Nobel del año 84 o del 2025, solo por poner ejemplos. Los premios no son preseas. Son tan efímeros como todo lo demás.

Creo que los libros que escribimos no son los que dejan huella, sino las huellas que esos libros dejan en nosotros.


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