Todos cargamos con nuestras tristezas: algunos en la mochila, otras en el bolso y hay quienes las esconden en los bolsillos.
Están ahí, casi quietas, esperando que un pañuelo las moje o que un kleenex seque sus lágrimas.
Tienen la forma de un adiós.
Saben que el pasado es la carga más difícil de soportar.
Siempre la frase “y si hubiera…” martilla entre el corazón y la sien.
A veces se enmascara de alegría y todo fluye, todo es bello, pero la gran cicatriz sigue ahí: no cura, no sana. Quizás se trata de aprender a soltar, a dejar ir.
Los síntomas son imposibles de soportar hasta que un médico muy humano te dice: aquí tratamos personas, no diagnósticos. Tus pequeños logros, son sus logros, y de veras se alegran de verte progresar.
Aunque el progreso pueda parecer lento, ya saliste de la cama, te diste una ducha y te confrontaste con el espejo mientras en lugar del negro, escoges camisa blanca.
Tal vez a tu espíritu le volvieron las ganas, quizás la derrota no está en tus batallas.

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