domingo, 3 de mayo de 2026

La costumbre de mirar

Que me diga alguien que no ha sentido curiosidad de asomarse por una ventana o una puerta, que no ha sentido ese impulso de ver adentro cómo está amoblada una casa. 

Las cosas no siempre se parecen a sus dueños. A veces pertencen a su pasado, pocas veces al futuro que sueñan. 

Quizás una ex dejó todo instalado, quizás no se ha atrevido a borrar esas huellas porque no lo ha superado o quizás perdió a un hijo y el duelo ha sido tan insoportable que arrojar sus pertenencias sería como defraudarlo.

Nunca se sabe lo que hay dentro. Si el mobiliario es rústico o moderno, si las lámparas son como pestañas o la biblioteca es tan pobre que los libros ni siquiera han sido abiertos.

El baño es el lugar más inaccesible a la mirada, el lugar que aloja toda la intimidad, aquello del uso diario que le permite reflejarse. El desodorante, las cremas, el chamú; el orden y su disposición. Que si hay gabetas, que si no las hay. Que si los medicamentos se guardan en esas gabetas o no. 

Los balcones también hablan de sus inquilinos, de si tienen una silla para recibir el sol y de si son sensibles a las plantas o prefieren no tenerlas para evitar responsabilidades y como viajan, asi no se preocupan por regarlas.

La cocina... oh si, la cocina. ¿Cuántos trastos en el lavaplatos? ¿Cucharas de madera o de acero? Vasos y copas de vidrio para los vinos del fin de semana. ¿Y si de veras le gusta el trago? Las copas o los vasos estarían expuestos por su pereza de lavarlos. 

Estamos hablando de un hombre que vive solo, por supuesto.

O eso parece desde afuera.

Porque las casas también saben guardar secretos: respiran en voz baja, esconden lo que no se nombra, sostienen presencias que no siempre se ven.

Y uno, desde la ventana ajena, apenas alcanza a rozar la superficie de una vida que late hacia adentro.

Miramos como quien toca un vidrio frío, intentando adivinar el calor del otro lado, pero hay puertas que no se abren con los ojos, sin embargo, insistimos. Como si en ese gesto —tan antiguo como la noche—se nos fuera, también, un poco de alma.

 

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