Las cosas no siempre se parecen a sus dueños. A veces pertencen a su pasado, pocas veces al futuro que sueñan.
Quizás una ex dejó todo instalado, quizás no se ha atrevido a borrar esas huellas porque no lo ha superado o quizás perdió a un hijo y el duelo ha sido tan insoportable que arrojar sus pertenencias sería como defraudarlo.
Nunca se sabe lo que hay dentro. Si el mobiliario es rústico o moderno, si las lámparas son como pestañas o la biblioteca es tan pobre que los libros ni siquiera han sido abiertos.
El baño es el lugar más inaccesible a la mirada, el lugar que aloja toda la intimidad, aquello del uso diario que le permite reflejarse. El desodorante, las cremas, el chamú; el orden y su disposición. Que si hay gabetas, que si no las hay. Que si los medicamentos se guardan en esas gabetas o no.
Los balcones también hablan de sus inquilinos, de si tienen una silla para recibir el sol y de si son sensibles a las plantas o prefieren no tenerlas para evitar responsabilidades y como viajan, asi no se preocupan por regarlas.
La cocina... oh si, la cocina. ¿Cuántos trastos en el lavaplatos? ¿Cucharas de madera o de acero? Vasos y copas de vidrio para los vinos del fin de semana. ¿Y si de veras le gusta el trago? Las copas o los vasos estarían expuestos por su pereza de lavarlos.

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