Mañana es martes... ¡qué alivio! La agenda de repente parece más liviana; sí, hay unas cuantas reuniones, mucho trabajo remoto, algunas videoconferencias, pero nada más.
La corbata quedó sobre el sofá; el abrigo en el comedor; el celular sobre la mesa, en modo vibración, y las luces apagadas todavía mientras llegas y eres tú quien enciende todo. El televisor sigue dormido, la biblioteca indispuesta, la cocina censurada y el bar... bueno, el bar: abierto. Un roncito no me caería mal.
Apenas comienza el mes y ya estoy pensando en si voy a lograr cumplir la cuota de ventas. Mayo es bueno, Día de Madres es comercial. Ahora nos toca la lotería de si se celebra en casa de tus padres o en la de los míos (a mí, la verdad, me da igual). No tuvimos hijos, así que no tengo que comprarte regalo, pero —como te digo, mi mamacita linda— te tengo acostumbrada a uno cada año. El lío es esconderlo sin que lo descubras primero. Creo que soy malo escondiendo cosas, o tú eres muy buena buscándolas.
Qué bueno que mañana es martes.
Hoy no quiero escuchar debates políticos ni termómetros de violencia. Damos tanta lástima que ni un show de cantantes logra abstraerme de mis cavilaciones contigo.
¿Por qué tardas?
Es el cuarto ron. Ah, dejé el celular sobre la mesa.
Dos llamadas perdidas.
Después de tantos años, aún se me acelera el corazón. Por algún motivo me gusta ser el último en llegar a casa, porque cuando llego antes pienso que te fuiste y me abandonaste para siempre.
—¿Dónde estás?
—En casa de Clara.
—¿Tardas?
—Un poco.
—Cuídate, ¿quieres?
Entonces pienso en todas las cosas malas que podrían pasarte de camino a casa. No sé por qué tengo esa compulsión, pero los lunes se acrecienta.
Necesito sentir que te pierdo menos.
O, al menos, no perderte antes de tiempo.

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