lunes, 13 de julio de 2026

Un duelo con jardín

¿Quién diría que este jardín fue parte de un duelo? Había muerto mi madre. Y aunque sospechaba que eran sus últimas semanas, viajé, no una, si no dos veces. Regresé descompuesta, adolorida, sin tener un Santo claro hacia quién dirigir mis súplicas.

 Pensaba que San Miguel ya había tenido suficiente tiempo sosteniendo la cabeza de Satanás y que por un instante podían cambiar de roles, porque así podía tener sentido mi dolor.

El jardín de la clínica era en un clima frío, sin embargo daba flores en sus canastas y sus rincones. Cuando me asomaba por la ventana, podía ver la luz del sol. Una pequeña biblioteca apenas si daba para distraer a los pacientes que podían leer y había una clase de artes para distraer la mente en manualidades donde nunca tuve motricidad fina.

Cuba continuaba en mí, La Habana, Matanzas, Hoguín, Guaimaro... sus boleros y mis colegas poetas venían en la maleta. Un chileno atrapó mi atención y por diez días tuvo mi corazón. Como era de esperar, perdimos el contacto y yo me enfrenté de cara ese duelo sin un cuaderno. 


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