Abundancia. Muchos creemos que es cuestión de suerte, cuestión de alta alcurnia, trabajo duro y algunos, un poco de todas.
Manuel perdió su trabajo el mismo día que supo que iba a ser padre. Vivía en una ciudad nueva, se habían mudado hace poco, habían vendido todo, no había a dónde regresar.
Ya no existían los empleos en el periódico y era torpe con internet. Un amigo de un amigo conocía de sus habilidades como mécanico automotriz y lo recomendó.
Manuel era uno de esos hombres que tenía fe y su mujer también. Los primeros cuatro meses estuvo en casa. No fueron fáciles. Se levantaba a las cinco a escuchar las noticias e iba a la cama después de las once porque la preocupación no lo dejaba dormir.
No fue el amigo del amigo. Fue un vecino. Un jubilado. Lo veía caminar durante las mañanas muy ensimismado y preocupado.
No se atrevió a preguntar hasta que un día sin darle su nombre siquiera. Le preguntó el suyo. Y le dijo:
—¿Qué es lo que tanto le preocupa?
—Estoy desempleado.
—No diga, eso... piense que esta en tránsito entre empleos.
A Manuel le hizo gracia su comentario y se fue a casa con ello en mente. El tránsito duró un mes más. La abundancia apenas comenzaba.

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