No tengo muchas fotografías.
Tengo recuerdos. Fui con mis padres cuando tenía quince años y la literatura apenas comenzaba a abrirse paso en mí. De aquella casa me traje un ejemplar en inglés de The Old Man and the Sea. Primero fue mío; después pasó, intacto, a manos de mi sobrina cuando cumplió trece años.
Elena lee muchísimo en inglés y recibió el regalo con entusiasmo. Ya era hora de iniciarla en los clásicos, y qué mejor manera que con Hemingway.
La casa blanca, con su techo verde y aquella extravagante piscina, se vino conmigo hasta hoy, cuando decido recordarla. Todavía veo a los gatos merodeando por el jardín. Nunca supe quién los alimentaba, pero siempre que pienso en ellos termino en Estambul, donde los gatos caminan libres por las calles y los comerciantes les dejan agua y comida como si fueran vecinos de toda la vida.
Dicen que los gatos de Hemingway tenían seis dedos y que, quizá, parte de su suerte también se debía a ellos.
Busqué una fotografía suya y lo encontré sentado en una mecedora, con el bigote inconfundible y lo que podría ser una cerveza entre las manos, pensando tal vez en su próxima aventura, en la pesca o en la caza.
Su vida amorosa no me interesa. A los autores habría que respetarles su intimidad. Poco importa cuántas mujeres amaron o cuántos romances tuvieron, aunque muchas de sus obras hayan nacido de esas experiencias. Lo que sí me apasiona es la correspondencia entre escritores. Allí la literatura deja de ser un oficio para convertirse en una conversación. No se trata de discutir un personaje, sino de descubrir una manera de sentir, de mirar y de comprender el mundo.

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