Volvamos a París. Al día en que por ser misa de San Pedro y San Pablo, no me dejaron entrar. Tener que conformarme con sus jardines, por qué sí, fui durante el verano. No había tulipanes como en Holanda, pero su jardín era espléndido.
El jorobado me hizo señas desde arriba para que subiera por unas escaleras hasta entonces, secretas y aunque dudé, tuve que seguirlo. Cada vez que él subía diez escalones, yo subía diez más. Tuve poco a poco miraba hacia el suelo y sentía que iba a resbalar.
El jorobado no me hablaba, solo me hacía señas de que subiera más. Por un vitral me llevó Hasta un ático. Era donde el dormía. Tenía libros con ilustraciones con los que viajaba por el mar.
Me ofreció un poco de queso y pan. No podía despreciar su generosidad. No sé por qué me eligió a mí, pero pude presenciar la misa en su compañia con el sonido de las campanas tras de ambos.

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