A ningún vecino le gusta lidiar con la vista, pero todos envidian la osadía de quienes se atreven a colgarla aunque el reglamento proteste.
Hoy me toca recogerla a mí y, honestamente, me da pereza. Preferiría continuar en el sofá con esta deliciosa cerveza, escuchando música de antaño.
—Sí, sí, ya voy. Qué no lo voy a dejar para más tarde.
—¿Quién no se levanta, mujer, con tanta cantaleta?
Sé que la camisa es la mía y que eres tú quien lava, trapea, cocina… y mi pequeña función, esta de la ropa, me fastidia.
No es porque todo lo tengas que hacer tú; más bien es porque no le tengo cariño a lo doméstico. Desde que me jubilé, lo único que disfruto son mis hábanos y jugar dominó con los compadres.
¿En qué momento se fueron treinta años?
Ya esta calvicie parece la de Popeye y, como no consumo espinacas, mis brazos son tan flácidos que no sé cómo me levanto de este sofá. Quizás por eso le tengo tanta pereza a eso de recoger la ropa; me obliga a levantarlos y me molesta.
Aquí está.
—¿Doblarla?
—Pero si los muchachos me están esperando.
—Podrán esperar media hora más.
—Vamos, apúrate, que no tengo el día. Aún hay mucho oficio por hacer.
Cuando ella se voltea y le saco la lengua.

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