Santa Marta, 2018. Antes de ir a Aracataca, salí del aeropuerto con el fin de visitar primero el mar.
Descalza, como debe ser, mojé mi vestido y solo mis lentes lo advirtieron.
Un vendedor que por allí pasaba fue el encargado de retratarme. No sé si me hizo un favor o se lo hice yo a él. Una cachaca posando para un samario. ¡Véngame Dios!
Los azules, ¿pueden verlos? un barco con contenedores se alcanza a vislumbrar muy lejos. Prefiero la orilla, prefiero las olas. Mis pies descalzos intentan describir la temperatura que llega, la sal que se adhiere, el olor que expide el mar, aquella brisa...
Mal haría si este umbral hubiera perdido su color.

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