sábado, 9 de mayo de 2026

No vernos más

 

¿Por qué me miras así? ¿Tengo algo en la cara? Vas a pedirme algo, eso es. ¿Qué necesitas esta vez? No, no me digas que se trata de otro abrazo apretado. ¿si te lo acabo de dar? 

¡Ay estás mujeres!¿Estás segura de que no quieres otra cosa? Vamos, dilo ya. Quieres ir a cenar, es eso. Sabes bien que dadas nuestras circunstancias, no podemos exponer a ser vistos juntos en público. Ya te prometí que me iba a separar pronto.

No te creo siento que lo mejor es que no volvamos a vernos más.

¿Pero qué cosas dices mujer? No puedes estar hablando en serio. 

Me cansé de la penumbra, de los tragos a escondidas, de las voladas cuando o está tu mujer. Merezco más de lo que tienes para ofrecerme.

¿Te enamoraste de alguien más, dime, es eso?

Silencio.

También te volviste costumbre. No voy más.



Entre cargas y batallas


Todos cargamos con nuestras tristezas: algunos en la mochila, otras en el bolso y hay quienes las esconden en los bolsillos.

Están ahí, casi quietas, esperando que un pañuelo las moje o que un kleenex seque sus lágrimas.

Tienen la forma de un adiós.

Saben que el pasado es la carga más difícil de soportar.

Siempre la frase “y si hubiera…” martilla entre el corazón y la sien.

A veces se enmascara de alegría y todo fluye, todo es bello, pero la gran cicatriz sigue ahí: no cura, no sana. Quizás se trata de aprender a soltar, a dejar ir. 

Los síntomas son imposibles de soportar hasta que un médico muy humano te dice: aquí tratamos personas, no diagnósticos. Tus pequeños logros, son sus logros, y de veras se alegran de verte progresar.

Aunque el progreso pueda parecer lento, ya saliste de la cama, te diste una ducha y te confrontaste con el espejo mientras en lugar del negro, escoges camisa blanca.

Tal vez a tu espíritu le volvieron las ganas, quizás la derrota no está en tus batallas. 

martes, 5 de mayo de 2026

Cuándo no es quizás

 

Ya te dije que no. ¿Por qué insistes? Este día de madres no voy a pasarlo en la casa de tus padres. Siempre es lo mismo. Las festividades hay que pasarlas allá como si nosotros solos no fuéramos un hogar también.

No importa que María y Juan David vivan en el extranjero. No estamos solos porque el nido esté vacío. Mira los portarretratos, las fotos de infancia, las navidades compartidas.

Ah, ya sé, otra vez es tú mamá. ¡Ay caramba!

Pues bien, ve solo. 

No me hagas carita de perro abandonado. Ni así lograrás convencerme. Mira que traes la ficción encima y no pienso detenerme a este impulso narrativo. Debo contar que quieres obligarme a salir para que dejé el escritorio al menos un fin de semana. Lo siento,  no puedo ni quiero hacerlo. Estoy en inmersión. ¿Sabes qué significa la palabra INMERSIÓN? No, no, no se trata de meter la cabeza en un líquido, aunque sí, tengo la cabeza en algo. Vengo tramando...

Está bien, me convenciste. Quién quita que allá, con el cambio de ambiente se me ocurra algo para mi trama. 
—¿A qué hora me dijiste que salíamos, si era almuerzo o cena? 
No te he dicho.



lunes, 4 de mayo de 2026

¿Nos saltamos los lunes?

 


Mañana es martes... ¡qué alivio! La agenda de repente parece más liviana; sí, hay unas cuantas reuniones, mucho trabajo remoto, algunas videoconferencias, pero nada más.

La corbata quedó sobre el sofá; el abrigo en el comedor; el celular sobre la mesa, en modo vibración, y las luces apagadas todavía mientras llegas y eres tú quien enciende todo. El televisor sigue dormido, la biblioteca indispuesta, la cocina censurada y el bar... bueno, el bar: abierto. Un roncito no me caería mal.

Apenas comienza el mes y ya estoy pensando en si voy a lograr cumplir la cuota de ventas. Mayo es bueno, Día de Madres es comercial. Ahora nos toca la lotería de si se celebra en casa de tus padres o en la de los míos (a mí, la verdad, me da igual). No tuvimos hijos, así que no tengo que comprarte regalo, pero —como te digo, mi mamacita linda— te tengo acostumbrada a uno cada año. El lío es esconderlo sin que lo descubras primero. Creo que soy malo escondiendo cosas, o tú eres muy buena buscándolas.

Qué bueno que mañana es martes.

Hoy no quiero escuchar debates políticos ni termómetros de violencia. Damos tanta lástima que ni un show de cantantes logra abstraerme de mis cavilaciones contigo.

¿Por qué tardas?

Es el cuarto ron. Ah, dejé el celular sobre la mesa.

Dos llamadas perdidas.

Después de tantos años, aún se me acelera el corazón. Por algún motivo me gusta ser el último en llegar a casa, porque cuando llego antes pienso que te fuiste y me abandonaste para siempre.

—¿Dónde estás?

—En casa de Clara.

—¿Tardas?

—Un poco.

—Cuídate, ¿quieres?

Entonces pienso en todas las cosas malas que podrían pasarte de camino a casa. No sé por qué tengo esa compulsión, pero los lunes se acrecienta.

Necesito sentir que te pierdo menos.

O, al menos, no perderte antes de tiempo.



domingo, 3 de mayo de 2026

La costumbre de mirar

Que me diga alguien que no ha sentido curiosidad de asomarse por una ventana o una puerta, que no ha sentido ese impulso de ver adentro cómo está amoblada una casa. 

Las cosas no siempre se parecen a sus dueños. A veces pertencen a su pasado, pocas veces al futuro que sueñan. 

Quizás una ex dejó todo instalado, quizás no se ha atrevido a borrar esas huellas porque no lo ha superado o quizás perdió a un hijo y el duelo ha sido tan insoportable que arrojar sus pertenencias sería como defraudarlo.

Nunca se sabe lo que hay dentro. Si el mobiliario es rústico o moderno, si las lámparas son como pestañas o la biblioteca es tan pobre que los libros ni siquiera han sido abiertos.

El baño es el lugar más inaccesible a la mirada, el lugar que aloja toda la intimidad, aquello del uso diario que le permite reflejarse. El desodorante, las cremas, el chamú; el orden y su disposición. Que si hay gabetas, que si no las hay. Que si los medicamentos se guardan en esas gabetas o no. 

Los balcones también hablan de sus inquilinos, de si tienen una silla para recibir el sol y de si son sensibles a las plantas o prefieren no tenerlas para evitar responsabilidades y como viajan, asi no se preocupan por regarlas.

La cocina... oh si, la cocina. ¿Cuántos trastos en el lavaplatos? ¿Cucharas de madera o de acero? Vasos y copas de vidrio para los vinos del fin de semana. ¿Y si de veras le gusta el trago? Las copas o los vasos estarían expuestos por su pereza de lavarlos. 

Estamos hablando de un hombre que vive solo, por supuesto.

O eso parece desde afuera.

Porque las casas también saben guardar secretos: respiran en voz baja, esconden lo que no se nombra, sostienen presencias que no siempre se ven.

Y uno, desde la ventana ajena, apenas alcanza a rozar la superficie de una vida que late hacia adentro.

Miramos como quien toca un vidrio frío, intentando adivinar el calor del otro lado, pero hay puertas que no se abren con los ojos, sin embargo, insistimos. Como si en ese gesto —tan antiguo como la noche—se nos fuera, también, un poco de alma.

 

sábado, 2 de mayo de 2026

Un mojito


 Sonríe a ver si nos vamos de fiesta, que no importe el frío. Ponte tu mejor escote y regala ese tatuaje a la lluvia. Desnuda tu sinceridad y dime que también te gusto, que no sabes desde hace cuánto,  pero que también te gusto.

Vamos que al aguacero nos lleve al cine y pidas las crispetas dulces aunque a mí me gusten saladas. 

Déjame invitarte a un trago después, uno de esos largos para que nos dure la noche. Vamos a un bar con luces bajas y música en vivo. 

Rompe los tabúes y bésame primero. Dime algo al oído después. Fingiré no estar sorprendido y juro no decir que te llamaré después.

Que sean las tres, que sea una noche sin luna, sin estación, solo de lluvia. Sonríe otra vez para sentirme acaudalado. 

Pide un limón, pide sal, preparemos un mojito.

 

Soberbia

Dijo no necesitar a nadie. Dijo preferir estar sola. Argumentó que su mundo se había secado, que en él ya no cabían hombres. Manifestó estar inconforme con su pasado, dijo que no creía en los afectos del futuro. 

Alguien le dijo que dejara el trabajo, que cambiara de ciudad, que migrara, que olvidara sus raíces. ¿Cuáles? Si se iba, tampoco es que tuviera mucho a dónde regresar. Un par de amigas y nada más. 

Los fines de semana cada vez eran más grises, pero nadie notaba su tristeza. El lunes era una fiesta porque trabajar la mantenía lejos de sí misma. 

Ni una lágrima derramó jamás aunque todos los abandonos se sumaran. Estuvo en pleitos, era mediadora allí donde lo irreconcilibiable también podía darle paso a una tregua. 

En los juzgados a sus espaldas le decían "La vieja" y eso que era la más joven y también la más bella. Quizás ese era su problema.

 

¿Y dónde están los niños?

 No es por la hora, estamos entresemana, no sé si están escondidos haciendo tareas, pero tampoco los he visto sacando a sus perros.  Son los...